El adolescente que asesinó a sus padres y compañeros de colegio porque “una voz maldita” se lo ordenó

julio 5, 2021 0 Por QPEV

Kip en unas vacaciones por Disney junto a sus padres, William “Bill” Kinkel y Faith Zuranski, quienes trabajaban como profesores de español, y su hermana mayor, Kristin

Tenía 12 años y acababa de bajar del ómnibus escolar después de un largo día de colegio. Mientras caminaba hacia su casa Kip escuchó una voz masculina que le decía: “Tenés que matar a todos, ¡a todos en el mundo!”. Giró la cabeza, asustado, para ver quién le estaba hablando de esa manera. No vio a nadie. Entró corriendo a su casa, pero la voz lo perseguía. Aterrorizado fue a buscar el rifle que le habían regalado para su último cumpleaños y se abrazó a él. Se sintió protegido. Pero las voces macabras continuaron hablando sin parar.

Por infobae.com

Estaban instaladas muy profundo, en su propia cabeza.

Un pequeño lleno de ira

Kipland Phillip “Kip” Kinkel nació el 30 de agosto de 1982 en Springfield, Oregon, Estados Unidos. Sus padres, William “Bill” Kinkel y Faith Zuranski, trabajaban como profesores de español. Faith daba clases en la secundaria de Springfield (también enseñaba francés) y Bill en la secundaria Thurston y en el Lane Community College. Tenían un muy buen pasar, amaban el esquí, el tenis, la natación y la navegación a vela. Su hija mayor, Kristin, era seis años mayor que Kip y era una alumna ejemplar.

Cuando Kip tenía 6 años, la familia pasó un año sabático viviendo en España. Kip asistió a un jardín de infantes de habla hispana y empezó primer grado. No resultó una buena experiencia para él.

Al retornar a Oregon se instalaron en una casa en la zona boscosa de Shangri La, al pie de las cascadas del río MacKenzie. Kip ingresó a la escuela Walterville de Springfield y desde el primer día de clases tuvo problemas. Sus maestros lo consideraban un chico sin apego afectivo e inmaduro para su edad. Su coeficiente intelectual estaba por debajo del promedio y, además, presentaba serios problemas de conducta. Por todo esto, aunque ya había hecho parte de primer grado en España, repitió el curso.

Fue estando en cuarto grado que se le diagnosticó dislexia y empezó con clases de apoyo. Los compañeros de clases muy pronto etiquetaron a Kip como un chico muy “extraño y morboso”.

Los que conocían a la familia describieron, tanto a Faith como a Bill, como padres cariñosos y preocupados por sus hijos. Pero eso no alcanzaría para evitar que su mundo desbarrancara. Ellos, que como docentes tenían tanta experiencia con adolescentes y eran muy apreciados por sus alumnos, no podrían con su propio hijo menor.

Ya a los doce años Kip había empezado a escuchar voces. Esas voces eran todas masculinas. Una tenía jerarquía sobre las otras. Kip lo sabía muy bien. También discutían entre ellas y, algunas veces, se ponían de acuerdo para humillarlo. Hablaban como si él no estuviera escuchándolas y todo lo que decían era de una violencia extrema. Kip estaba aterrado porque lo amenazaban con decirle a todo el mundo lo raro que él era. Así fue que terminó elucubrando que el gobierno de los Estados Unidos y la compañía Disney se habían complotado para implantarle un chip en su cerebro. ¡Lo que escuchaba eran sus voces! Se convenció de que era así y esa idea se convirtió en su obsesión. Por ellas se enteró de que los chinos invadirían la costa Oeste de los Estados Unidos y, por eso, empezó a juntar armas, cuchillos y explosivos. Había que defenderse.

Había días en que las voces callaban y todo parecía más apacible. Pero cuando venían los momentos malos, Kip quedaba ensordecido por el odio que las voces destilaban. Eso sí, se cuidó muy bien de no contarle a nadie sobre esos agresivos habitantes de su cabeza.

A los doce años había comenzado a escuchar voces en su cabeza: tres años después, sin el diagnóstico de esquizofrenia paranoide, obedeció sus órdenes y mató a cuatro personas (Reuters)

Secundario complejo y violento

En una buena racha Kip pareció estar bien para alegría de sus padres y hasta llegó a tener una novia. Pero era una fachada temporal. Nada de lo que pasaba dentro del cerebro de Kip era muy normal. Una vez le preguntaron cómo lo había pasado en Disneyland con su familia. Él respondió con rabia que lo único que deseaba era “darle un puñetazo a Mickey Mouse en la nariz”.

Kip aprendió a convivir con voces internas; se vestía íntegramente de negro; le gustaba escuchar Rage Against the Machine (rap metal) y al controvertido Marilyn Manson y se la pasaba hablando de hechos violentos. A sus amigos les confesó que quería entrar al Ejército de los Estados Unidos ¡solo para poder sentir cómo era matar a alguien!

Un fin de semana de 1997, Kip salió de su casa en bicicleta para ir a comprar algo rico en una estación de servicio cercana. En el camino de vuelta se topó con un cartel luminoso en forma de triángulo. Se bajó de la bicicleta, lo pateó y lo rompió. Siguió su camino pedaleando, pero un hombre con aspecto de linyera que había visto lo que hizo, lo persiguió, lo increpó y le pidió dinero.

Ni el propio Kip sabe hoy si el hecho pasó realmente o si fue una traición de su mente enferma, pero lo que sí ocurrió es que en su cabeza tomó cuerpo la paranoia. Se convenció de que el hombre vendría a matarlo a él y a sus padres. Empezó a dormir, por las dudas, con un arma debajo de la almohada. Cuando su padre Bill descubrió lo que hacía se la quitó y la escondió. Kip se las ingenió para volverla a tener debajo de su cama.

Sus padres buscaron para él terapias para el control de su ira y lo hicieron evaluar psicológicamente. Pero nadie daba en la tecla o le otorgaba al asunto la importancia necesaria. Su estabilidad psíquica se deterioraba a un ritmo vertiginoso. Kip, preso de sus delirios de autodefensa, compró manuales para fabricar bombas caseras. Uno se llamaba El libro de cocina del anarquista.

Bill Kinkel llegó a decirle a un amigo suyo que estaba “aterrorizado” con su hijo y que no veía la salida.

Cuando la policía allanó su casa, encontraron los cadáveres de sus padres, cinco bombas caseras listas para estallar, quince más inactivas, una granada de mano, dos obuses, químicos de todo tipo y una carta. Tuvieron que evacuar quince casas vecinas por los riesgos a la explosión (AP Photo/Don Ryan)

Armas en las manos equivocadas

El interés de Kip por las armas no era para nada habitual en los otros chicos de su edad. Bill se negaba a que Kip aprendiera a manejarlas tan chico. A la larga terminó cediendo y lo inscribió en cursos para manejar pistolas y rifles. Le pareció lo más prudente dado que Kip tendría armas algún día.

La verdad era que Kip les daba trabajo en todos los frentes. También, en el legal y policial. En 1996 fue arrestado, por primera vez, por robar CDs en una tienda Target. El 4 de enero de 1997 fue con un amigo a practicar snowboard y terminaron tirando piedras a los autos que pasaban por la ruta. En esta segunda detención le ordenaron someterse a una revisión psiquiátrica. Terminó yendo con su madre al psicólogo Jeffrey Hicks, quien al cabo de nueve sesiones le diagnosticó depresión. Según el profesional no había signos de psicosis. El 26 de febrero fue con sus padres a una interconsulta con otro psicólogo, el doctor John Crumbley, quien dictaminó que el joven parecía apesadumbrado y arrepentido por haber tirado piedras a vehículos. Travesuras de la adolescencia querían pensar todos. Las alertas estaban dormidas.

En los meses siguientes enfrentó dos suspensiones escolares más del colegio por pésima conducta. El espiral se aceleró. Empezó a alardear frente a sus compañeros que había hecho bombas caseras, que había matado a su gato, había aplastado viva a una ardilla y que había hecho volar por los aires, en pedazos, a una vaca. Era un hecho que los animales corrían riesgo a su lado. Lo que no sabían esos chicos es que ellos también.

En junio de 1997, Hicks le recetó antidepresivos y Kip comenzó a tomar Prozac. El joven contó que cuando el psiquiatra se enteró de que padre e hijo habían ido a cazar juntos, les habría recomendado hacerlo más seguido. Así tendrían mucho tiempo para conversar y afianzar el vínculo.

Kip demostraba estar muy bien con la medicación y sus padres sentían que la cosa mejoraba. La tomó durante tres meses y, cuando se le terminó, no volvieron a pedir una receta. Terminaron discontinuando el tratamiento y las sesiones con el doctor Hicks se terminaron.

Por esas semanas, Kip compró un rifle Ruger MK II calibre 22 semiautomático y lo escondió de sus padres. El 30 de septiembre Kip insistió para que Bill le comprara unas pistolas Ruger y otra Glock 19, 9 mm. Él adquirió, además, un cuchillo de caza. Sus padres, por cansancio o ignorancia, habían cedido en todo.

El profesional de la salud mental Jeffrey Hicks, consultado sobre este tema por el HuffPost en 2021, aseguró no recordar haber promovido que padre e hijo practicaran tiro juntos. Y lo cierto es que sus notas no mencionan el tema de la caza.

La única verdad del asunto es que los frecuentes errores de diagnóstico y la minimización de los síntomas por parte de los distintos médicos que atendieron a Kip desde chico, se pagarían con vidas.

Robo y expulsión

El joven siguió obsesionado con armarse hasta los dientes. Nada le alcanzaba. Korey Ewert, uno de sus amigos, había robado una pistola Beretta calibre .32, cargada con nueve balas, a Scott Keeney, el padre de otro compañero de colegio.

Korey le dijo a Kip que se la vendería. El miércoles 20 de mayo de 1998, a las ocho de la mañana Kip le pagó 110 dólares y puso el arma en su locker escolar, dentro de una bolsa de papel. Scott Keeney descubrió que le faltaba su arma esa misma mañana y llamó al colegio inmediatamente.

Las autoridades del establecimiento actuaron rápido y a las 9:15, junto con el detective Al Warthen que de casualidad estaba en el colegio, encararon a Kip y le preguntaron si él era quien la tenía. La respuesta los dejó helados: “Miren, voy a ser sincero con ustedes. El arma está en mi armario”.

Los dos alumnos, Kip y Korey, fueron expulsados del colegio y llevados a la comisaría.

Cuando a las tres de la tarde Bill Kinkel tuvo que ir a buscar a su hijo a la estación de policía, lo amenazó con internarlo pupilo. En el camino, de regreso a su casa, Bill paró en un Burger King. Estaba tan enojado con su hijo que comió su hamburguesa solo, dentro del auto. Volvieron a casa y Bill se zambulló en la cocina para tomar un café. Se sentó en la mesa para pensar qué hacer, cómo iba a encarar el futuro de su hijo.

Las voces del mal

Cuando llegaron a su casa el cerebro de Kip ya era un griterío infernal. Haciéndole caso a la voz mandante, a las 15:30, Kip fue directo a su ropero y sacó su rifle Ruger semiautomático. Lo cargó y caminó hacia la cocina donde estaba su padre sentado a la mesa, cavilando, con un café en la mano. Bill, de 59 años, se encontraba de espaldas y no llegó ni a darse vuelta. Kip apretó el gatillo apuntando a la nuca. Un sencillo ¡pum! y volteó a su padre. Sin titubear, tironeó del cuerpo de Bill hasta el baño y lo tapó con una sábana blanca. Hecho esto, se sentó a esperar la llegada de su madre Faith. Durante ese rato, atendió un par de llamados telefónicos para Bill y respondió que su padre estaba ocupado.

A eso de las 18.30 la escuchó llegar. Ya sabía que Faith, de 57 años, subiría la escalera del garaje, que se encontraba en el subsuelo. Kip la esperó parado, en el escalón superior. Cuando la vio, le dijo de frente: “Te quiero, mamá”. Acto seguido le disparó tres veces en la cara. Ella cayó hacia atrás. Por las dudas, la remató con dos balazos en la nuca y, le dio un sexto, apuntando al centro del pecho, al corazón. Arrastró el cuerpo de su querida madre escalones arriba y la colocó en el baño, junto al cuerpo de Bill. La cubrió con otra sábana blanca y cerró la puerta. El reguero de sangre no lo perturbó. Ese año su querida madre había sido elegida la mejor maestra del año.

Sonó el teléfono y Kip atendió. Era un amigo suyo con quien estuvo conversando entretenido durante más de una hora. Estaba sereno y las voces parecían silenciadas. Cuando cortó la llamada, se hizo un tazón con leche y cereales. Comió con hambre mientras leía el diario.

Esa noche se la pasó escuchando, una y otra vez, la misma canción Liebestod -de la banda sonora de la película de 1996, Romeo + Julieta-. La melodía seguiría sonando enloquecida, durante horas, hasta que llegó la policía al día siguiente.

En alemán, liebestod querría decir algo así como amar la muerte o muerte de amor. El tema elegido no parecía casual.

Así se vistió para ir a matar al colegio secundario el jueves 21 de mayo de 1998. En el impermeable beige escondió tres rifles, la pistola Glock 9 mm y un cuchillo de caza, y en su mochila llevaba 1127 municiones

El derrotero de la rabia

El jueves 21 de mayo de 1998, por la mañana, Kip se enfundó en un largo impermeable beige debajo del cual escondió varias armas: tres rifles, la pistola Glock 9 mm y su cuchillo de caza. En su mochila llevaba 1127 municiones.

Antes de salir dejó escrita una extraña nota: “¡Acabo de matar a mis padres! No sé qué está pasando. Amo a papá y a mamá tanto (…) Ellos no se merecían eso, lo que he hecho los destruiría, la vergüenza sería demasiado para ellos, no podrían soportarlo. Estoy tan apenado (…) Soy un hijo horrible. Desearía haber sido abortado. Destruyo todo lo que toco (…) Eran gente maravillosa. Mi cabeza no funciona bien. Maldigo, Dios, las voces que hay dentro de mi cabeza (…) Deseo morir, debo irme, pero tengo que matar a gente, no sé por qué. ¡Tengo tanto pesar! ¿Por qué permitió Dios que yo hiciera eso? Nunca he sido feliz. Yo sólo quería ser feliz. Quería que mi madre estuviera orgullosa de mí. No soy nada. (…) Estoy solo, siempre me encuentro solo. Sé que tengo que ser feliz con lo que tengo pero odio vivir. Estoy tan lleno de rabia que siento que algo me presiona constantemente. Mi cabeza no funciona bien, oigo voces dentro de ella. Soy el Diablo. Deseo matar y provocar dolor gratuito. Me odio por haberme convertido en esto. ¡El amor apesta!”.

Se subió a la Ford Explorer de su madre y se dirigió a la secundaria Thurston. Estacionó y fue caminando hasta el colegio por un atajo. A las 7:55 ingresó con dos rondas de disparos en el hall principal. Las balas golpearon de manera mortal a Benjamin Walker, de 16 años, e hirieron a Ryan Atteberry. Kip se apresuró a ir hacia la cafetería del colegio donde había unos 200 estudiantes. Descargó su rabia con 51 tiros más. En esa ruleta rusa montada por Kip mató al estudiante Mikael Nickolauson, de 17, y provocó heridas a 25 más.

Luego, apuntó con su rifle al estudiante Michael Crowley y gatilló. Michael vivió de milagro: el tirador se había quedado sin balas. Cuando Kip intentó cambiar de rifle, un estudiante de 17 años, Jacob Ryker, lo tackleó y lo tiró al piso. El hermano de Jacob, Joshua, y los hermanos Doug y David Ure junto a Adam Walberger se unieron para mantenerlo inmóvil sujetado contra el suelo. Kip se retorció y se las ingenió para sacar su Glock y disparar otra vez hiriendo a Jacob.

Benjamin Walker murió después de ser transportado al hospital y luego de que sus padres llegaran a despedirlo.

El resto de los heridos, incluido Jacob Ryker, fueron internados por sus heridas. Jacob estuvo en estado crítico a causa de un pulmón perforado, pero se recuperó y terminó siendo un héroe. Los estudiantes que participaron en el desarme de Kip Kinkel fueron condecorados por su valor.

A las 8:04 de la mañana llegó a la escena el oficial de policía Dan Bishop y arrestó al furibundo Kip. Cuando llegó a la comisaría y el detective Al Warthen entró a la habitación para interrogarlo, Kip sacó su cuchillo y lo amenazó. Warthen tuvo que usar gas pimienta para reducirlo.

El otro escenario

A las 9:30 de la mañana otros oficiales de policía fueron enviados a la casa familiar de Kip. Allí encontraron lo que esperaban: dos cadáveres envueltos en una música sin fin. Hallaron, además, cinco bombas caseras listas para estallar; quince más inactivas debajo del porche de la casa y en el cuarto del adolescente; una granada de mano; dos obuses; químicos de todo tipo y la carta de Kip. Cuando fueron a mover el cadáver de la madre se toparon con otra bomba. La vivienda de tres pisos era un campo minado. Tuvieron que evacuar quince casas vecinas por los riesgos que implicaba semejante arsenal.

Su hermana Kristin se enteraría del drama más tarde. Estaba viviendo en Hawaii donde asistía a la universidad.

Al día siguiente de los crímenes comenzó una larga polémica en los Estados Unidos: armas y matanzas escolares empezaron a andar juntas. La foto del asesino de 15 años estaba en la portada de todos los diarios y había cuatro muertos y 25 heridos. El presidente Bill Clinton viajó a Springfield para reunirse con las víctimas. Los canales de televisión se peleaban por las primicias. Menos de un año después, ocurriría otra masacre en un colegio Columbine, en Colorado, donde dos atacantes provocaron 15 muertos y 24 heridos.

¿Quién tenía la culpa de las masacres en los colegios norteamericanos? ¿Qué estaba ocurriendo en la sociedad norteamericana?

Defensa, enfermedad y cárcel

Kip Kinkel pasó los primeros 18 meses en confinamiento esperando el juicio. Según se cuenta en el artículo del HuffPost, cuando uno de sus dientes empezó a sobresalir de su boca (en la cárcel no tenía el aparato dental que solía usar en su casa), Kip se convenció de que ese diente era usado como una antena para el chip que tenía implantado en su cerebro. ¡Así de enloquecido estaba!

El 24 de septiembre de 1999, tres días antes de la selección del jurado, Kinkel se declaró culpable. De esta manera renunciaba a la posibilidad de ser absuelto por insania.

En su testimonio dijo: “Pasé días y días tratando de resolver qué quería decir (…) Pensé acerca de qué podría decir que hiciera a la gente sentirse un poco mejor. Pero llegué a darme cuenta de que no importaba lo que dijera. Porque no hay nada que yo pudiera hacer para borrar la pena y la destrucción que causé. Yo amaba absolutamente a mis padres y no tenía razones para matarlos. No tenía razones para matar o intentar matar a nadie en Thurston. Siento profundamente lo que pasó. Me hago responsable de mis actos. Estoy muy arrepentido por todo lo que hice y por lo que me he convertido”.

Kristin fue la única de su familia que lo defendió en la corte y declaró: “Yo solo veo señales de alguien que desesperadamente necesita ayuda, una ayuda diferente a la que ninguno de nosotros podríamos dar”,

En noviembre de 1999, fue condenado a ciento once años y ocho meses de prisión, sin posibilidad de libertad condicional. Fue recluido en el Centro Correccional Juvenil Mac Laren, una cárcel para jóvenes de entre 12 a 24 años.

En el juicio se declaró culpable y dijo: “No hay nada que yo pudiera hacer para borrar la pena y la destrucción que causé. Siento profundamente lo que pasó. Me hago responsable de mis actos. Estoy muy arrepentido por todo lo que hice y por lo que me he convertido (AP Photo/Don Ryan)

En junio de 2007, los nuevos abogados de Kinkel solicitaron que se lo volviera a juzgar alegando que sus ex abogados deberían haber llevado el caso a juicio para que fuera declarado demente. El juez le negó esta posibilidad.

En mayo de 2007, meses antes de cumplir los 25 años, se graduó. Su hermana Kristin fue a la ceremonia. Kip le dijo al HuffPost: “La recuerdo diciéndome que mis padres estarían orgullosos de mí; fue muy fuerte escucharlo”. Poco después fue trasladado a una prisión para adultos.

En el estado de Oregon se debatió si era apropiado o no que los jóvenes menores de 18 años fueran condenados a reclusión perpetua sin posibilidad de libertad condicional. En el año 2019 se introdujo una reforma legal por la que los menores de 18 ya no podrían ser condenados de por vida. La idea es que, aquellos que demuestren haber sido rehabilitados, tengan una segunda oportunidad.

Pero la prensa y los familiares de las víctimas hicieron memoria y Kip Kinkel volvió a la primera plana de los medios de comunicación. El grupo Crime Victims United difundió un video del hermano de uno de los chicos asesinados por Kip: “Mi nombre es Adam Walker. En 1998, Kip Kinkel entró a la secundaria Thurston con un arma y asesinó a mi hermano Benjamin (…) No importa si tenía 15 años. Kip Kinkel aterrorizó a nuestra comunidad. Las víctimas no tienen segundas chances. ¿Por qué deberían tenerla sus victimarios?”.

Finalmente, la ley se aprobó, pero se terminó excluyendo la posibilidad de que fuera aplicada de manera retroactiva. Kip no saldría en libertad nunca.

Hablar, por primera vez, a los 38

Veintidós años después de los crímenes, Kip se decidió a hablar. Lo hizo en un exclusivo reportaje con la periodista Jessica Schulberg, para el medio HuffPost (anteriormente conocido como The Huffington Post).

Según contó Schulberg, en todos estos años el convicto se graduó, tiene un certificado como instructor de Yoga y sabe que su salud mental es importante y debe cuidarla. Rara vez, dice el artículo, ha vuelto a escuchar voces en su cerebro.

Jessica Schulberg, que conversó con Kip más de 20 horas en el curso de diez meses durante el año 2020, escribió: “Nuestras conversaciones tuvieron lugar durante la ola de la pandemia por coronavirus y, algunas veces, pasamos semanas sin hablarnos, sobre todo cuando su unidad entró en cuarentena luego de un brote de Covid-19 (…) Kinkel está preocupado todavía por la posibilidad de herir a sus víctimas hablando públicamente, pero cuando ve que la gente lo usa para que sus amigos (de la cárcel) no tengan una segunda oportunidad (en referencia a la ley que les permitiría salir en forma condicional) empezó a sentir que guardar silencio también hacía daño”. Con respecto a la entrevista Kip dijo: “Nunca di na entrevista, en parte porque me siento tremendamente avergonzado y culpable por lo que hice. Hay una parte de la sociedad que glorifica la violencia, y yo odio la violencia que ejercí”.

Kip Kinkel, que se declaró culpable en el momento de los homicidios porque se negaba a aceptar su diagnóstico de esquizofrenia paranoide, ahora se decidió a hablar para ayudar a otros jóvenes delincuentes a tener una segunda oportunidad en la vida y así lo expresó: “Soy responsable del daño que causé cuando tenía 15 años. Pero también soy responsable del daño que estoy causando ahora que tengo 38 años por lo que hice a los 15”. Cuando Schulberg le preguntó si tiene esperanzas de salir algún día de la cárcel, Kip sostuvo: “He aprendido, a través de años de terapia y trabajo personal, que tengo que tener cuidado con mis expectativas. No quiero alimentar falsas esperanzas. Pero, por otro lado, las esperanzas son importantes. No me permito pasar mucho tiempo pensando acerca de qué podría pasar porque eso me podría traer más sufrimiento”.

Cuando se convirtió en una desquiciada máquina de matar tenía 15 años, hoy se acerca a los 39.

Como siempre, con respecto a las segundas oportunidades en la vida de los criminales, las aguas están muy divididas. Por ahora, no parecería que Kip vaya a tener ninguna posibilidad de mirar el cielo cuando le dé la gana.