Sobre simetrías y asimetrías, por Julio Castillo Sagarzazu

Sobre simetrías y asimetrías, por Julio Castillo Sagarzazu

6 abril, 2021 0 Por

@juliocasagar

En los lejanos estudios de Derecho penal, recuerdo con interés toda la doctrina en relación con la proporcionalidad en la defensa, en cómo se dictaminaba que el exceso (siempre el exceso) incluso en la defensa, hacia desparecer los atenuantes y hasta la no imputabilidad en algunos casos. También nos enseñaron cómo la saña, la alevosía, la premeditación, la ventaja y actuar investido de autoridad eran agravantes a la hora de imponer una pena.

Todo el derecho civilizado consiste en establecer equilibrios en una sociedad en donde no los hay. No en balde la justicia se representa con una mujer de ojos vendados con una balanza en la mano y una espada en la otra.

La evolución de los normas en el mundo civilizado ha llegado a establecer que hay débiles y fuertes jurídicos en una relación. Considera, por ejemplo, débil al reo cuando se establece que la irretroactividad se le aplique si se trata de disminuir o eliminar una pena. La máxima: “in dubio, pro reo” o “in dubio, pro operario” o “in dubio, pro súbdito”, supone que, en caso de dudas, la justicia debe optar por el más débil.

En Venezuela creemos que en la relación regimen-oposicion hay una asimetría indiscutible; y una relación que no podemos calificar sino de agresor con agravantes y su víctima.

De allí que resulta difícil entender posiciones de cierto sector que se reclama de la oposición, de acuerdo con la cual la responsabilidad y en consecuencia las demandas a la dictadura y a la oposición pueden equipararse. ¿Cómo es posible que pensemos que es igual la víctima que el verdugo; los perseguidores que los perseguidos; los carceleros que los presos? ¿Cómo podemos equiparar las responsabilidades sobre el desastre de país que tenemos?

¿La oposición ha cometido errores? ¡Sí!, demasiados para mi gusto. Pero ello solo nos debe llevar a sugerir, presionar, exhortar, exigir (el verbo que más nos cuadre) a que esos errores se debatan y se superen. Por cierto que en este tema (el de los errores), como en casi todos en la vida, es muy difícil que alguien pueda tirar la primera piedra con solvencia y justificación. Vamos a recurrir al tópico y al socorrido argumento de “pasar la página” y al no menos infausto lugar común del “la historia nos juzgará”.

Pero en este tema, es decir, en el de la consideración igualitaria entre dictadura y oposición sí hay un hiato, una diferencia de método.

No es una diferencia táctica como el tema de ir o no ir a votar. Se trata de un tema de la mayor importancia para poder labrar caminos de entendimiento entre quienes nos llamamos opositores.

Vamos a analizar, por ejemplo, el caso de las vacunas que es explicativo de lo que queremos señalar. Veamos:

Todos saludamos con entusiasmo que se hubiese llegado a un acuerdo. Lo celebramos, como hubiéramos celebrado que Maduro hubiese dejado entrar la ayuda humanitaria por el Táchira; que no hubiese saboteado el programa de Héroes de la Salud y tantos otros episodios relacionados con la ayuda humanitaria. En todas las guerras se producen acuerdos para que la Cruz Roja recoja los heridos, deje pasar suministros, se atienda a la población civil, etc. Cosas con las que este régimen es absolutamente insensible e indiferente.

Pues bien, con el tema de las vacunas se LLEGÓ A UN ACUERDO (mayúsculas ex profeso) para activar el mecanismo COVAX con el que el mundo entero ha logrado hacerlas entrar en los países. Es el caso que, una buena mañana, nos despertamos y nos enteramos de que el régimen ROMPÍA (otra vez mayúsculas ex profeso) el acuerdo y no dejaría entrar las vacunas, con el argumento estúpido de que eran de la farmacéutica AstraZeneca. Ese mismo día nos enteramos igualmente de que las cubanas (que no están aprobadas por nadie porque están en experimentación) y las rusas sí entrarían por iniciativa del propio gobierno, burlándose del acuerdo.

Está bien, hasta aquí, nada sorprendente. La crueldad de un régimen que le ha importado poco la suerte de los ciudadanos ya no nos asombra. Sus frases: “no pateo perro muerto”; “Franklin Brito huele a formol” “el Cardenal Castillo Lara se debe estar pudriendo en el infierno” siempre nos han dado la medida de cuánto nos desprecian.

Lo que no podemos comprender es cómo, haciendo caso omiso de esta realidad, una parte de la oposición regresa inexplicablemente a la tesis de que “hay que ponerse de acuerdo para que entren las vacunas”; o peor aun: “no se debe politizar el tema de las vacunas”, pasando por alto, o mejor dicho, aun más grave, pasando por debajo de la mesa el gesto inaceptable del gobierno y sin hacer mención de la patada a la mesa donde nos habíamos acordado.

Esta es la versión en “modo vacuna” de la tesis que promulga (y que nos separa de manera ostensible) que, en el fondo, somos culpables de la conducta del régimen porque siempre estamos exigiendo algo. Que nos tratan mal porque no nos portamos bien. Es el síndrome que desgraciadamente acompaña a la mujer maltratada que piensa que es su culpa que el marido la maltrate. Que si cocinara más sabroso y planchara mejor las camisas, entonces no le pegaría.

Hacer acuerdos. Por supuesto, todos los que haya que hacer. No solo sobre la emergencia humanitaria, sino también sobre temas políticos y sociales. La política es el arte de lograr acuerdos para hacer prevalecer el bien común.

Pero de allí a “pedir una tregua”, cuando quienes agreden están armados y reprimen sin escrúpulo alguno, hay un trecho muy grande. Los episodios de violencia indeseada, como todas las violencias, se desencadenan normalmente desde el poder y luego vienen las espirales que nadie puede parar.

Claro que es necesario el acuerdo humanitario de las vacunas. Y ese acuerdo está concluido. No hay que hacerlo de nuevo. Ya lo hicimos. Lo que hay que pedir con fuerza es que el régimen regrese a él y no pedirlo, como si no se hubiera hecho.

En este caso, la simetría es una gran injusticia.

Una falsa e inmoral equivalencia, por Alejandro Armas

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