Elecciones en Estados Unidos: la democracia como problema, por Wilfredo Urbina

Elecciones en Estados Unidos: la democracia como problema, por Wilfredo Urbina

21 noviembre, 2020 0 Por

@wurbina

Han pasado ya más de dos semanas del 3 de noviembre, el día de las elecciones generales; y varios días desde que Joe Biden fue declarado ganador por haber pasado el umbral de los 270 delegados en el Colegio Electoral; hoy en día ya son 306.

Sin embargo, Donald Trump y muchos de sus seguidores se niegan a reconocer el resultado. Y, peor aun, lo han denunciado como un masivo fraude electoral, a pesar de que la agencia de ciberseguridad e infraestructura de seguridad, un brazo de su propio Departamento de Seguridad Nacional, conjuntamente con la Asociación Nacional de Secretarios de Estado, ha declarado de manera taxativa que no existe ninguna evidencia de irregularidades electorales de alguna importancia . Más aun, han declarado que estas han sido las elecciones “más seguras en la historia” del país.

Guerra avisada

Lamentablemente esta situación estaba anunciada. Como recordamos, en una actitud claramente antidemocrática, Trump había dicho de manera reiterada, a lo largo de la campaña electoral, que la única forma de que él pudiera perder las elecciones sería por un fraude masivo. Por ello sus escandalosas e infundadas acusaciones de fraude y su autoproclamación en la madrugada del miércoles 4 de noviembre no sorprendieron a nadie. Aunque no dejan de ser terriblemente preocupantes.

Donald Trump dice que Biden solo ganó las elecciones porque estaban amañadas

Por otra parte, en verdad Trump tiene más de 4 años, desde la campaña electoral de 2016, hablando del fraude electoral en los Estados Unidos. Como está plenamente documentado, él no esperaba ganar las elecciones. Y por ello comenzó a denunciarlas. Desde antes proclamó el fraude que supuestamente le iban a hacer, pero gracias a que logró ganar Michigan, Wisconsin y Pensilvania por la mínima diferencia, ganó el colegio electoral. Ello, pese a perder el voto popular por más de 2.8 millones de sufragios. Pero eso nunca lo aceptó. Su explicación fue que ¡más de 3 millones de indocumentados habían votado por Hillary Clinton!

De hecho, luego de encargarse de la presidencia, nombró una comisión para investigar el supuesto fraude. Por supuesto, dicha comisión se disolvió al poco tiempo sin hallar absolutamente nada. Así pues, su actitud hoy en día es la continuidad de su campaña de desprestigio del sistema electoral norteamericano, expresando así su completo desprecio por la voluntad popular.

Porque en definitiva Trump, como buen populista, no cree ni en la democracia, ni en sus instituciones.

El acto de reconocer la derrota electoral es una regla no escrita del sistema electoral norteamericano, pero una pieza fundamental de todo lo que viene posterior a las elecciones. En primer lugar, porque con ese discurso el candidato no solo desmonta todo su aparato de campaña, sino también, y mucho más importante, desmoviliza al electorado que lo respaldó en las elecciones y lo obliga a reconocer al ganador.

El ejemplo de McCain

Las elecciones siempre desatan pasiones, por lo que el reconocimiento de la derrota es fundamental para pasar la página y restañar las heridas. El video del discurso de John McCain reconociendo la victoria de Obama, que ha circulado de nuevo en las redes últimamente, es una lección de valentía y gallardía política.

Video de la agencia AFP Español

Nada de esto ha pasado en este caso. Todo lo contrario. Tanto en la ya mencionada declaración en la madrugada del miércoles 4 de noviembre, como su todavía más incendiarias declaraciones en la noche del 5 de noviembre, Trump profundiza sus infundadas denuncias de fraude y su temeraria afirmación no solo de que él ganó, sino de manera arrolladora si únicamente se cuentan los votos válidos (¡¿?!). Esto es todavía más preocupante por el porcentaje de personas armadas y de milicias de todo tipo que existen en Estados Unidos.

La fiesta de las teorías conspirativas

Con su actitud, Trump ha alimentado una inmensa cantidad de teorías conspirativas. 

Si uno se pasea por Twitterlandia, la cantidad de teorías conspirativas es impresionante. Entre otras tenemos: que el triunfo de Biden fue una conspiración de los iluminatis; otra dice que está en marcha un golpe de Estado de los “patriotas que respaldan a Trump” para derrotar al comunismo, a propósito de los cambios de última hora que hizo en el departamento de Defensa; una más aventurada jura que hay un software que cambió más de dos millones de votos de Trump a Biden, o que una computadora confiscada por el Ejército de Estados Unidos en Frankfurt probaría ese cambio; otra más: que el cambio o extravío de votos a favor de Trump se debió a una compañía llamada Dominion (contratada por varios condados de varios Estados), que responde a intereses ligados a Nicolás Maduro.

Pero quizás la teoría conspirativa que se lleva el premio es la alimentada por ese fenómeno extraño llamado QAnon, según la cual esta elección no es más que la cruzada de una supuesta secta pederasta y satánica dirigida por Hilary Clinton, Barack Obama, Joe Biden y algunas estrellas de Hollywood. Y que además ese grupo confabula con George Soros y Bill Gates para intentar imponer un nuevo orden mundial y un gobierno universal. Por supuesto, sus difusores alzan a Trump como el defensor de la cultura occidental y cristiana. Uno se pregunta dónde quedan China y Rusia en esta delirante teoría. 

Mala fe republicana

En todo caso, lo cierto es que las estrategias de Trump han sido extremadamente erráticas. En la noche de las elecciones, cuando él lideraba en algunos Estados (aunque nunca estuvo por encima de Biden en el número de delegados al Colegio Electoral), exigía que se detuviera el conteo de votos en Estados como Pensilvania, donde hasta ese momento iba adelante; pero en Estados como Arizona, donde su votación estaba por debajo de la de Biden, entonces exigía que se contaran todos los votos.

Siendo un Estado federal, las elecciones acá son en verdad 50 elecciones distintas, con regulaciones y procedimientos diferentes y no una elección nacional. Por ello no existe un organismo central que administre el proceso y mucho menos que proclame a los ganadores a la presidencia.

Históricamente son los medios de comunicación (primero los periódicos, luego la radio y desde fines de la década de los 40 la televisión) los que han anunciado los resultados de las elecciones; aunque la oficialización de los mismos se hace una vez que las juntas electorales estatales certifican los resultados (que debe ocurrir antes del 8 de diciembre este año). Los delegados electos se reúnen entonces el 14 de diciembre en sus respectivos capitolios estatales para depositar su voto en el colegio electoral; y finalmente los resultados se comunican al vicepresidente en su calidad de presidente del Senado.

Sin embargo, tradicionalmente una vez que queda claro cuál candidato ha obtenido al menos 270 (=538/2+1) delegados, el resto del proceso es un mero formalismo. Esta vez, algunos por ignorancia pero otros por mala intención (por ejemplo, Trump mismo y su enloquecido abogado Rudy Gulianni) quieren hacer ver esto como una “conspiración de los medios” para imponer un candidato. ¡Señores, esto se viene haciendo desde 1848!

La gente siempre tiende a identificarse con la víctima. Por ello, muchos respaldan de buena fe los reclamos de Trump. O por lo menos su derecho a ventilarlos legalmente.

Pero lo imperdonable son los dirigentes republicanos que, de bastante mala fe y sabiéndolo perdido, lo apoyan en sus desvaríos por fines muchas veces inconfesables.

Las denuncias de Trump de fraude masivo no han conseguido ningún asidero en la realidad. Hasta la fecha, más de 19 demandas legales hechas por sus abogados han sido declaradas sin lugar, muchas de ellas de manera sumaria dada su total falta de fundamentación.

La tentación de torcer la voluntad popular

Existe en la Constitución norteamericana una arcaica posibilidad, que Trump pareciera estar acariciando, de que los órganos legislativos de cada Estado nombren los delegados del Colegio Electoral independientemente de la decisión de los votantes. Creando caos y dudas sobre la limpieza de las elecciones, él esperaría que en los Estados controlados por los republicanos se nombraran delegados a conveniencia, desestimando el voto popular.

Ello sería una operación terriblemente riesgosa, antidemocrática e impopular. De hecho, ya algunos estados, como Pensilvania, han dicho categóricamente que ellos no están dispuestos a pasar por encima de la voluntad popular.

La situación actual es inédita. Una cosa como esta no había pasado nunca. Si bien en 1876 la presidencia se decidió a un par de días de la toma de posesión, por cierto tras una infame negociación que implicó el retiro de las tropas federales del sur dejando a la población afroamericana recién liberada a merced de los racistas sureños, ella no implicaba a un presidente en ejercicio. Y además ocurría en un país de escasa importancia en la política internacional.

Golpe a la democracia

Esta vez, sin embargo, ocurre en la primera potencia mundial y líder del mundo libre.Por ello el daño que le ha hecho Trump a la democracia norteamericana, y en especial a su sistema electoral, es inconmensurable.

Los dictadores como Nicolás Maduro, Daniel Ortega y Alexandr Lukashenko, entre otros, se deleitan con el espectáculo de Trump y sus destempladas denuncias. La autoridad moral de los Estados Unidos en el mundo ha sido dañada quizás permanentemente.

En todo caso, el equipo de transición del presidente electo, J. Biden, comenzó a organizarse y a trabajar a pesar de la negativa de Trump de brindarle de ayuda de ningún tipo. Esto tiene muchos riesgos tanto en política internacional, como en política nacional. Y, en particular, respecto a una pandemia totalmente fuera de control, con más de 150.000 casos nuevos diarios en la útima semana.

El 20 de enero, a las 12 del mediodía, se juramentará el nuevo presidente. Y aunque mucho puede pasar en los días que faltan para llegar a esa fecha, a menos que ocurriera un improbable cataclismo político será Joe Biden el que lo haga ese día como el presidente número 46 de los Estados Unidos.

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