El peligro para la democracia estadounidense, por Alejandro Armas

El peligro para la democracia estadounidense, por Alejandro Armas

20 noviembre, 2020 0 Por

@AAAD25

Cuando decidí cursar una maestría en Ciencias Políticas, una de las razones fue la búsqueda de conocimiento para entender cómo Venezuela perdió su democracia, cómo la puede recuperar y cómo ha de preservarla una vez restituida. A partir de entonces, el interés incipiente en la defensa de la democracia se volvió una verdadera pasión. Dado que la negación de la democracia, el autoritarismo, es una enfermedad tan contagiosa como la covid-19, me preocupo por la salud de la democracia en todo el mundo. Siento admiración profunda por las democracias robustas y pienso que son modelos que hasta cierto punto debemos seguir en el resto del globo, siempre teniendo en cuenta las peculiaridades de cada país. Por eso me consterna sobremanera que la democracia en Estados Unidos (nación que además me ha alojado por más de dos años y por la que siento mucho afecto) esté atravesando un momento crítico.

Donald Trump está disputando, de forma sin precedentes en la historia norteamericana moderna, el resultado de unas elecciones presidenciales en las que a todas luces fue derrotado por el exvicepresidente Joe Biden, su contrincante demócrata. El presidente ha solicitado recuentos y la intervención de tribunales en varios estados clave, donde alega que hubo irregularidades. Todo esto es perfectamente legítimo. El problema no es ese, sino las denuncias incendiarias de “fraude” y de “elecciones amañadas” con las que Trump ha aderezado sus señalamientos, y que han sido convalidadas o ignoradas por buena parte de sus correligionarios en el Partido Republicano.

Donald Trump dice que Biden solo ganó las elecciones porque estaban amañadas

Hasta el momento de escribir estas líneas, ninguna evidencia del supuesto fraude ha sido presentada. Las “pruebas” que circulan en redes sociales no son más que un montón de desinformación, la cual engañará a millones, pero no a los jueces norteamericanos. En efecto, la campaña de Trump no ha tenido ni una sola victoria judicial relevante (repito: al menos hasta la redacción de este artículo). Nada que se acerque siquiera al objetivo de revertir el resultado en alguno de los estados donde Trump tendría que imponerse para ganar la elección.

Uno tendría que ver enfocar el retrovisor en el siglo XIX para encontrar algo parecido en términos de comicios presidenciales cuyos resultados fueron tan amarga y peligrosamente disputados por al menos un bando. La elección de 1800, verbigracia, en la que se enfrentaron John Adams y Thomas Jefferson, dos padres fundadores de un experimento republicano cuya consolidación para la posteridad de siglos aun no era nada segura. O la de 1876, saldada con un “pacto de caballeros” que supuso el retiro de tropas federales del sur, poniendo así fin al esfuerzo por dar ciudadanía plena a los esclavos liberados tras la Guerra Civil.

Si cree que es posible trazar una analogía entre la actualidad y los comicios de 2000, entre George W. Bush y Al Gore, piénselo dos veces. Dado que el resultado de la elección dependía de quién ganara Florida, donde Bush emergió con una ventaja microscópica (menos de 2000 votos), Gore solo tenía que revertir el margen en ese estado para ingresar a la Casa Blanca. Hubo un recuento exigido por ley para casos así de reñidos, y al final la brecha se contrajo a poco más de 500 votos. Los desacuerdos entre las campañas sobre cómo contar los votos llegaron hasta la Corte Suprema, que zanjó la cuestión de manera tal que a Gore se le hizo imposible ganar, lo cual admitió de inmediato.

Trump, en cambio, tendría que voltear el resultado, no en uno, sino en varios estados clave, donde de paso la brecha entre él y Biden es de decenas de miles o cientos de miles de votos.

Solo en Georgia el margen es tan estrecho como para activar un recuento automáticamente, pero al mismo tiempo es lo suficientemente amplio como para hacer que un cambio sea improbable. Es por eso que el presidente ha apelado a las cortes, exigiendo la anulación de miles de votos denunciados como ilegítimos, con argumentos, en el mejor de los casos, espurios.

No conforme con esto, hubo una diferencia importante en cuanto a las formas y el discurso. Gore elevó el tono para cuestionar varios aspectos técnicos en la manera en que Florida diseñó sus papeletas y contó los votos. Pero no llegó al extremo de cantar fraude y denunciar a un supuesto grupo de poderosos malignos confabulados para subvertir la voluntad ciudadana. Cuando la Corte Suprema falló en su contra, Gore se manifestó en desacuerdo, pero acató la sentencia y reconoció el triunfo de su rival. “Por el bien de nuestra unidad como pueblo y de la fortaleza de nuestra democracia”, justificó.

¿Podemos esperar que palabras así salgan de la boca de Donald Trump? Si algo hay que reconocerle al presidente es que no está haciendo nada de lo que no haya advertido.

Cual caudillo narcisista y con complejo mesiánico, durante la campaña electoral adelantó que solo podía perder por alguna trampa. Fiel a su palabra, ahora pretende hacer creer a sus conciudadanos y al resto del mundo que un sistema democrático imperfecto (¿hay alguno que no lo sea?), pero de muy buena reputación, de pronto se corrompió hasta la médula, como si Estados Unidos fuera una pobre república bananera.

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Esto no es nuevo en Trump, cuyo historial de denuncias de fraude por cada derrota electoral o victoria insuficiente para satisfacer su ego desmedido es público y notorio. Lo hizo en 2016 cuando perdió los caucuses de Iowa, primer paso para definir al candidato de su propio partido, y de nuevo cuando ganó la elección general a Hillary Clinton pero perdió el voto popular. Han pasado cuatro años y las pruebas de ambas supuestas artimañas siguen brillando por su ausencia. Hay un patrón muy claro en la manera en que Trump lidia con las derrotas.

Pero a ver. Si las querellas judiciales de Trump siguen estrellándose con una pared, ¿cuál es el problema? Más temprano que tarde, Trump tendrá que desistir, y sus seguidores verán que en realidad nunca hubo un fraude, ¿no?

El detalle es que Trump pudiera salir de la Casa Blanca a regañadientes, sin admitir nunca que Biden le ganó en buena lid, y buena parte de su audiencia le creería. Ese es el problema de las disonancias cognitivas.

El psicólogo Leon Festinger planteó que, cuando alguien cree fanáticamente en algo que termina no sucediendo, en vez de sentirse desengañado, se busca un argumento para mantener la creencia, aunque sea irracional. Así que entre más tiempo pase Trump alegando fraude sin pruebas, más fuerte será la creencia en sus seguidores de que en efecto hubo trampa. Pudieran llegar al extremo de afirmar que los tribunales son parte de la conspiración, tal como ya han hecho con los medios. Esto es grave porque, según varias encuestas, entre 70 % y 90 % de los votantes de Trump cree que la elección estuvo amañada o fue injusta. El daño a la confianza en las instituciones puede ser gigantesco. Y cuando la gente desprecia el sistema, se radicaliza. Por eso creo que no es exagerado hablar de una crisis en la democracia estadounidense.

James Kloppenberg, historiador de la Universidad de Harvard consultado para un artículo reciente en The New York Times, lo explicó de manera sucinta: “Si bien los politólogos a menudo se enfocan en las instituciones y prácticas políticas, la democracia, donde existe, se basa en predisposiciones culturales más profundas y más difíciles de ver. A menos que una cultura haya abrazado las normas de la deliberación, el pluralismo y, sobre todo, la reciprocidad, no hay razón para ceder ante tu peor enemigo cuando gana una elección, ni hay razón para reconocer la legitimidad de los adversarios”. Exacto. Esto es congruente con lo que indican los legendarios politólogos Juan Linz y Alfred Stepan: la democracia solo está consolidada donde es vista como “el único juego en el pueblo”. Es decir, donde todos los actores clave están sujetos a sus normas. De lo contrario, la democracia peligra.

Aunque las instituciones democráticas tengan un historial de fortaleza, pueden verse debilitadas cuando un caudillo populista y/o autoritario logra traspasar su desprecio por el sistema (e.g. “es fraudulento”) a una parte sustancial de la población. Añadan a eso la satanización sistemática y permanente de los adversarios (e.g. “los tramposos nos robaron la elección”) descrita por otro gran dúo de politólogos, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt. Volviendo a Kloppenberg, el resultado es un debilitamiento grave de la cultura democrática.

Creo que el daño ya está hecho, pero Estados Unidos es un gran país que ha pasado por crisis mucho peores, como la invasión británica de 1812 o la Guerra Civil. Pero, si el tratamiento ha de ser eficaz, el diagnóstico no puede venir edulcorado. Si, como es muy probable, Joe Biden termina en la Casa Blanca, tendrá que navegar con mucho tino estas aguas tormentosas para evitar un naufragio. Su misión más urgente será reducir la polarización y dar a entender a las decenas de millones de personas que votaron por Trump que, aunque el país ha cambiado y seguirá cambiando, habrá un lugar para ellas y su voz no será despreciada. Por el bien de una de las democracias más formidables del planeta, todos deberíamos desearle éxito.

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