#DiezPensadoresIneludibles | Antonio Leocadio Guzmán, por Elías Pino Iturrieta

#DiezPensadoresIneludibles | Antonio Leocadio Guzmán, por Elías Pino Iturrieta

14 octubre, 2020 0 Por Editor

Retrato de Antonio Leocadio Guzmán (1801 – 1884), óleo de Martín Tovar y Tovar, 1874. 

@eliaspino

La formación del estado nacional encuentra en Antonio Leocadio Guzmán a uno de sus pensadores fundamentales. Lo que va a ser un primer establecimiento de república capaz de sostenerse y de prolongar su influencia en el futuro, le debe mucho a ese líder de una sociedad que ensaya caminos diversos y espinosos.

Lo ha acompañado la mala prensa desde sus tiempos, no en balde combinó la producción de ideas con una frenética actividad en los negocios públicos, resorte capaz de mover los odios del momento. Si, para colmos, fue padre del dictador más poderoso y atrabiliario del siglo XIX, Antonio Guzmán Blanco, las antipatías encuentran abono para florecer antaño y ogaño.

Como se tratará de mostrar, su contribución en el campo del pensamiento lo convierte en referencia imprescindible.

Hijo de un funcionario español, sale del país en 1813 para alejarse de la amenaza de la Proclama de guerra a muerte, y regresa en 1823 para destacar en el campo del periodismo que mueve como nunca las imprentas de Caracas. Alumno de destacados catedráticos de España, todos de tendencia liberal, dotado de cualidades para la comunicación y encarnación de un vigor infatigable, se convierte en pluma familiar y en animador de tertulias cada vez más llamativas.

Dos semanarios que funda entonces, El Argos y El Constitucional, generan debates contra el militarismo que aumentan su celebridad. Llega a relacionarse con Bolívar, quien se encuentra en el Perú, y escribe una apología sobre el poder vitalicio que el mandatario propone.

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Después participa en los movimientos contra Colombia y llega a ser ministro del Interior en 1831. Desplazado del círculo de Páez, en 1840 funda el Partido Liberal y uno de los periódicos más importantes de nuestra historia: El Venezolano. Es sometido a juicio por su ataque de un banquero cercano al oficialismo, pero las multitudes lo sacan del tribunal y lo pasean en triunfo por las calles de la capital. Concejal de Caracas en 1845 y candidato presidencial en 1846, es condenado a muerte por conspirador. José Tadeo Monagas no solo lo salva del patíbulo, sino que, además, lo invita a ser su vicepresidente.

Después de la Guerra Federal preside el Congreso Constituyente, ocupa cargos diplomáticos y, en medio de los ditirambos propios de la corte de su hijo, no desaparece de las primeras planas hasta su deceso, ocurrido en 1884. Se han compilado dos volúmenes sobre su producción intelectual, pero se necesita otro para agruparla del todo.

Guzmán realiza el primer diagnóstico moderno de las necesidades de Venezuela, un aporte impresionante debido a que es apenas la Memoria de su despacho ministerial correspondiente a 1831.

Tras la fachada de una pieza burocrática que debe llevar ante el Congreso para cumplir la rutina, se encuentra un análisis pormenorizado de las urgencias de la sociedad y una primera propuesta de orientaciones para su superación; un excepcional ensayo de factura moderna, algo no llevado a cabo hasta entonces, debido al cual se convoca a las reflexiones de gran calado que serán características del período fundacional.

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Después de detenerse en la precariedad del funcionariado recién establecido, en las débiles herramientas con las que cuentan para la fábrica de una colectividad moderna y justa, hace una revista metódica de las necesidades fundamentales y de las fórmulas requeridas para superarlas. Propone una sólida plataforma de desarrollo en las áreas esenciales de la vida, en suma, como nadie había hecho hasta entonces y para cuya elaboración hacía falta una cabeza bien dotada.

El Venezolano, periódico que funda en 1840 como órgano del Partido Liberal, es otra de las contribuciones estelares que hace a la sociedad. Es un impreso innovador, un papel ante el cual nadie puede permanecer indiferente; el centro de un mensaje capaz de cambiar la vida de la época.

La sencillez de su redacción lo hace accesible a los estratos más populares e ineducados. Todos lo entienden y comentan, lo cual significa una revolución en la parcela de la opinión pública.

Todos sienten, simpatizantes y adversarios, que se está ante un designio político que no puede pasar inadvertido. La sociedad tiene, por fin, después de cuatro décadas de combates, un vocero cercano que los puede guiar hacia el pináculo, o a lo más profundo del infierno, según la tendencia del lector.

El portento se logra mediante la innovación de la propaganda política, hasta provocar conductas que parecían de imposible arraigo; y al desarrollo de un trabajo de pedagogía que implica la creación de una especie de ilimitada aula de primeras letras en la cual aproxima a los lectores hacia temas que desconocen porque nadie les ha advertido sobre su trascendencia: el significado de los partidos políticos, el valor de la alternabilidad en el ejercicio de cargos públicos, la importancia de las carreteras en un país que no las tiene, el sitial de la agricultura en un país colmado de bienes naturales, y, por si fuera poco, la necesidad de contar historias de la gente sencilla que sufre los padecimientos del mal gobierno.

La renovación de las maneras de trasmitir un mensaje político con el objeto de promover conductas insólitas hasta la fecha, se debe al atrevimiento de Antonio Leocadio Guzmán.

La revolución que significa El Venezolano y las tensiones provocadas por el Partido Liberal, puertas francas para la guerra civil, han puesto en segundo plano los escritos del fundador. Sin embargo, muchos merecen cuidadoso análisis por su influencia sobre problemas fundamentales de la época.

Lectura obligada para los destinatarios de entonces y centro de debates en cuyo calor se fragua el republicanismo del siglo XIX, destacan: Juicio sumario de la oligarquía reinante, Las facciones en América, Ministerio y oposición, La nación y los partidos, Cuestión eclesiástica, Poder civil Discurso ante la Convención de Río Negro. La mezcla de profundidad con habilidades de polemista de la cual hace gala don Antonio Leocadio en sus páginas, acredita su ubicación preferente en la nómina de nuestros pensadores.

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