DDHH olvidados | La vida le cambió a la familia Hurtado

DDHH olvidados | La vida le cambió a la familia Hurtado

2 octubre, 2020 Desactivado Por Carolina Isava

@ValeriaPedicini

Alessandra Hurtado no conoce a su papá. Sabe quién es por las fotografías que hay en casa o por las publicaciones que diariamente hace su mamá en redes sociales, pero en su memoria no tiene ningún recuerdo del poco tiempo que pasaron juntos. Era solo una bebé cuando ese 24 de octubre de 2017 una cuadrilla de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim) se lo llevó detenido. 

Hirto Hurtado era trabajador de Petróleos de Venezuela (Pdvsa) en la filial de occidente en el cargo de obrero aforador, medidor de tanques. Estaba trabajando en el patio de tanques ULE en Tía Juana, estado Zulia, cuando los efectivos llegaron y apresaron a toda la cuadrilla que se encontraba de guardia. 

Luzmer Pichardo, su esposa, se enteró de lo que ocurría por una llamada telefónica que le permitieron realizar a Hirto antes de que les fueran decomisados los celulares y otros objetos personales. Le pidió que le llevara cuatro mudas de ropa porque le habían notificado que sería trasladado a Caracas por unos cuantos días. Al menos, eso creían. 

Los trasladaron hasta la sede del Dgcim de Boleíta. Luzmer estuvo un mes exacto sin saber de su esposo, cuando le permitieron comunicarse con ella y avisarle que 15 días después empezarían a permitir las visitas. El primer viaje que hizo de Maracaibo a Caracas para verlo fue el 11 de diciembre de ese mismo año. 

Como las visitas estaban programadas para los sábados, Luzmer tomaba el último autobús que salía los viernes en la noche del terminal para viajar por más de 15 horas y llegar a tiempo. A las dos de la tarde comenzaban las visitas. Lo veía solo por dos horas y después se enfrentaba a más horas de carretera para regresar a casa el mismo día. Pedía permiso en el trabajo, cambiaba las guardias con sus compañeras enfermeras y lo que hiciera falta para visitarlo. 

Pero no siempre tenía suerte de verlo. “En muchas oportunidades estando en el lugar haciendo fila para pasar, salía un funcionario a notificar que ese día no había visita. Yo regresaba de inmediato a Maracaibo completamente destrozada por el hecho de no saber de él”. 

Hirto estuvo seis meses en la sede del Dgcim. Luzmer cuenta que fue torturado física y psicológicamente. “Fue amarrado de manos y pies durante cuatro días. Le servían comida de madrugada y lo obligaban a usar como plato el mismo envase en el que hacía sus necesidades”.

Fue por otra llamada telefónica por la que Luzmer se enteró que su esposo sería trasladado al Centro de Formación para el Hombre nuevo Libertador, conocido como Tocuyito, ubicado en el estado Carabobo. 

Permitieron las visitas después de 40 días de esa llamada y Luzmer volvió a montarse en un autobús para trasladarse hasta el penal. Tuvo que hacer una cola de casi tres horas para entrar y que le hicieran la requisa de la comida y productos de higiene personal que le llevaba. 

Pero cuenta que la peor parte fue cuando la revisaron de pies a cabeza. “Me despojaron de absolutamente toda mi ropa dentro de una sola con otras 30 mujeres. Me obligaron a hacer sentadillas, toser, pujar y tocarme el cabello y la boca para demostrar que no ingresaba algo indebido al penal”. Cuando lo vio, se sorprendió: su esposo pesaba 30 kilos menos de cuando se lo habían llevado detenido. Hasta la fecha, ya ha perdido más de 40 kilos.

Hirto Hurtado fue presentado ante tribunales y acusado de asociación para delinquir, peculado doloso y violación a las zonas de seguridad de la nación. “Según fiscalía mi esposo estuvo involucrado en una irregularidad con respecto a la manera como se venía manejando la segregación de la producción para recibir producción de manera ficticia. Se lo llevaron por un supuesto sabotaje a una filial de Pdvsa llamada PetroZamora para la cual mi esposo no trabajaba, no tenía ningún tipo de relación con la filial por la cual lo acusan”.

Es parte de las cifras que registró Foro Penal entre el 1 de enero de 2014 y el 15 de julio de 2020, de detenciones por motivos políticos: 3.479.

Desde su detención, las audiencias preliminares han sido diferidas 27 veces. Han cambiado de juez en tres oportunidades y desde febrero no han programado una nueva fecha. “A finales de octubre se cumplen tres años de su injusta detención y no se ha esclarecido la situación. Todavía no se ha realizado esa audiencia donde ellos pudieran tener derecho a defenderse. Pero el caso se paró, eso quedó totalmente en el olvido”. 

Luzmer tiene miedo. De que le pase algo, que se enferme, que se contagie de coronavirus, que muera detrás de las rejas. “Él tiene las defensas muy bajas y puede contraer cualquier enfermedad. El hacinamiento ha hecho que exista una gran cantidad de personas con tuberculosis. Ahí ellos no tienen medicinas ni un doctor dentro del penal que los atienda”. 

Y tiene razones para preocuparse: de los 538 privados de libertad que fallecieron entre 2017 y 2019, 134 fueron por temas de salud, según el Observatorio Venezolano de Prisiones (OVP). La situación de hacinamiento, producto de los  43.992 presos encerrados en lugares con capacidad para albergar poco más de 26.000, es caldo de cultivo para las enfermedades. 

La última vez que lo vio fue en febrero, antes de que las visitas fueran suspendidas en las cárceles venezolanas por la llegada de la Covid-19. “Comenzó la cuarentena radical y mis viajes se anularon por completo”. 

Estuvo tantos días sin tener ninguna información de su esposo, que Luzmer tomó una decisión desesperada: caminaría desde Maracaibo hasta Valencia para saber de él. Publicó su determinación por redes sociales y obtuvo resultados: a los días recibió una llamada telefónica de Hirto.

Cuando a finales de agosto se anunció que el Gobierno liberaría a algunos presos políticos, Luzmer rogaba para que también nombraran a su esposo. “Al momento de escuchar la cadena, pedí mucho para que él y sus compañeros estuvieran dentro de la lista”. 

Luzmer quiere que padre e hija se conozcan. Al principio era muy pequeña para permitirle la entrada y cuando cumplió la edad permitida, llegó la cuarentena. “No pude llevarla a que compartiera con su papá”. En ninguna de las visitas que le han dejado a hacer ha podido llevar una fotografía de la pequeña. “Tampoco ha podido ver su crecimiento”. 

“Ha sido la peor y más desagradable experiencia que hemos podido vivir como familia”. Luzmer tuvo que dejar de trabajar como enfermera y empezar a hacerlo por su cuenta vendiendo comida porque no tenía quién le hiciera la suplencia en la clínica para las visitas programadas para los miércoles en Tocuyito. 

Aunque muchas cosas han cambiado y no pase un día en el que Luzmer desee tenerlo de vuelta en casa, ella tiene esperanza de que será más pronto que tarde. “Yo espero y confío en Dios que en cualquier momento quede libre, lo dejen salir de ese lugar y lo dejen regresar con nosotros aquí porque a mi hija le hace mucha falta su papá. Él no tiene nada que hacer en ese lugar”. 

DDHH olvidados | “Lo único que espero es justicia”