Identidad en el limbo, por Antonio José Monagas

Identidad en el limbo, por Antonio José Monagas

12 septiembre, 2020 Desactivado Por Editor
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@ajmonagas

Mucho tiempo duró la Iglesia católica para definir la palabra “limbo”. Luego de distintas reuniones de las autoridades del Catolicismo, se llegó a un concepto que, si bien siguió dejando en el “limbo” a quienes intentaron interpretarlo, hizo que finalizara la espera que desesperó a quienes aspiraban a alcanzar la “eternidad celestial”.

Más que la Iglesia decidiera si tan manido término habría sido un problema de dogma o indisciplina, la política ya lo había decidido. Se aprovechó del mismo para manejo de su narrativa ofensiva. Así lo utilizó para calificar todo ejercicio de gobierno que no condujera a nada. O para reprochar a quien se mostrara abstraído o absorbido. Es decir, sin capacidad para reconocer lo que estaría sucediendo a su alrededor.

El limbo de la política no es más distinto que el limbo de la teología. Sin embargo, a diferencia de ser un lugar con prados y castillos, según la visión de Dante Alighieri en su obra capital La divina comedia, el limbo político es un ámbito agreste. Aunque su tosca condición no es óbice para abrazar cuanto comportamiento individual o colectivo luzca displicente e insensible.

La presente disertación viene a cuento dada la violación del derecho establecido por la Constitución de 1999, particularmente el artículo 56, que consagra la identidad como derecho fundamental.

De esa forma, todo ciudadano venezolano tiene entera potestad para exigirle al Estado, en la persona jurídica de lo que ahora se denomina “Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería”, SAIME, su derecho de contar con los documentos que lo identifican ante cualquier proceso que demande de la persona su condición de ciudadano venezolano. Vale decir, el acta de nacimiento, la cédula de identidad y el pasaporte.

Saime deja a ciudadanos sin pasaporte por falta de personal calificado y fallas del sistema

Saime aclara que sus oficinas permanecen cerradas y no entregan documentos

La identidad es lo que representa al individuo ante el mundo y sus instituciones. Así como las consabidas exigencias que soliciten su representatividad jurídica y política, particularmente. No obstante, alrededor de lo que constituye la razón de ser de la aludida dependencia gubernamental, su funcionamiento se encuentra paralizado. Asunto inédito y absurdo. Aunque pudiera excusarse con el infundado pretexto de la crisis de salud que actualmente cunde por el mundo entero.

También, como resultado de la crisis económica que atrapó al país entre dos aguas. Y que está en neutro. Suspendido en el “espacio intergaláctico”. En una especie de limbo. Pero en el limbo de la política. O sea, en el estado donde la nada precede y preside la dinámica nacional.

Aun cuando, más allá de estas crisis el país fue insumido por una crisis que, a modo de caos absoluto, hizo de su funcionalidad un estorbo que trabó su movilidad. Fue la crisis política la que alcanzó toda la estructura sobre la cual se cimienta la configuración jurídica y funcional del Estado venezolano.

El problema se manifiesta con toda su maléfica potencia cuando se hace del conocimiento de la población que, por orden presidencial, las respectivas oficinas permanecerán cerradas. Sin que medie excepción alguna que beneficie a quienes tienen sus documentos preparados conforme a lo solicitado. Y tras cumplir el respectivo trámite económico.

Un problema que se infla sobremanera cuando el régimen establece costos exorbitantes. Quien hace la tramitación del documento que permite migrar, como el pasaporte, se topa con el desmesurado valor estipulado por el régimen. Quizás a manera de inhibir el éxodo de venezolanos, especialmente de los estadios sociales populares.

Saime aumenta costo del pasaporte en más del 150% de su valor

Tan despóticas medidas arremeten contra las libertades cívicas establecidas por la Constitución, inalienables para un Estado tal como lo establece la Carta Magna: “Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Justicia y de Derecho (…)”. Cuando no, es porque el régimen decide truncar importantes derechos de forma opresiva y abusiva.

Venezuela dejó de disfrutar derechos fundamentales que, en tanto valores superiores del ordenamiento jurídico nacional relacionados con la justicia, la solidaridad, la vida y la democracia, han sido coartados a instancia de los miedos y resquemores que padecen gobernantes y aduladores de todo género y clase.

Luego de advertir estas realidades, los caminos lucen devastados, cercenados o fraccionados. En consecuencia, Venezuela se convirtió en un vertedero de miserias que el socialismo bien supo concebir, promover y repartir.

Aunque pobre de aquel venezolano que por atrevido, codicioso o curioso, zalamero o servil, haya aceptado tan denigrantes mezquindades. Que ni siquiera tenga la posibilidad de contar con el documento que, por ley, le permite gozar de la identidad que la formalidad del mundo le exige. Menos, cuando el organismo cuya responsabilidad ordena regir y administrar tan esencial derecho civil, se haya inoperante por la obtusa gestión de un régimen oprobioso, impúdico y usurpador. Obstinado por enquistarse en el poder. Y por el poder.

El fondo del problema lo explica la situación del país. El régimen logró nivelar a Venezuela por debajo de la desvergüenza. Ya rozando con espacios infrahumanos. Y aunque no necesariamente (desde un enfoque teológico) pudiera asemejarse al infierno, no hay duda que todo ha quedado, sobre todo la identidad, gravitando en el limbo…

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