Bailar hasta que llueva, por Sebastián de la Nuez

Bailar hasta que llueva, por Sebastián de la Nuez

5 septiembre, 2020 0 Por Editor
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“La nación no puede ser una manga de veletas criticonas. ‘La danza de la lluvia funciona porque los indios danzan hasta que llueva’”. Ilustración en medium.com

@sdelanuez

En el documental de Carlos Oteyza, El pueblo soy yo: Venezuela en populismo, aparece el historiador y ensayista mexicano Enrique Krauze explicando, desde sus análisis, el desarrollo del fenómeno de Hugo Chávez y sus consecuencias. Casi al final tiene una expresión que ilustra el por qué le sucedió lo que le sucedió al país: dice algo así como «en cierto momento, el pueblo venezolano desesperó de su democracia».

Esa frase, dicha por alguien que, por encima (o por debajo) de sus haberes académicos, habla con el sentido común que dan la distancia y la experiencia de escuchar los latidos históricos de los pueblos latinoamericanos, es aplicable a la actitud del venezolano hacia sus líderes democráticos. El verbo desesperar puede ser perfectamente equivalente, en este caso, al reflexivo exasperarse.

He allí un problema: el pueblo venezolano se exaspera fácilmente en asuntos de los que no debería exasperarse tan precipitadamente, mientras que en otros es como muy laxo y comprensivo. Por ejemplo, en el caso de Chávez debió haberse exasperado mucho antes y no lo hizo. Le tuvo una infinita paciencia y votó por él y por sus secuaces una y otra vez.

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De Guaidó, quien gracias al respaldo de la AN y de operadores políticos en el exterior, ha conseguido un respaldo creciente de la comunidad internacional a la causa venezolana (al menos en el hemisferio occidental), de ese sí ha desesperado. Porque no ha logrado el cese de la usurpación como prometió o porque se asoció a una incursión chimba penetrada de madurismo (o algo parecido), razones que pueden ser válidas pero que no deberían ser determinantes.

En las RRSS, la gente vuelve a desesperar de Henrique Capriles Radowsky (ya lo ha hecho varias veces antes, es un ritornello) porque, luego de mantenerse en la penumbra quizá demasiado tiempo, reaparece con una iniciativa que contradice a su propio partido, Primero Justicia, y cuestiona la inercia en que ha caído Guaidó. Le están diciendo «traidor», a HCR.

De María Corina Machado la gente desespera porque es María Corina Machado; o sea, lo que ella quiere es una invasión de marines aun cuando la disfrace de «operación de paz». Seguramente es una radical que actuó de forma poco ética respecto a su encuentro con Guaidó. Pero tiene su itinerario, ha llevado sus golpes, insultos por VTV, vejaciones y amenazas. Lo que no puede hacerse es desechar su fuerza y desestimar sus argumentos. Lo que habría que hacer es sumarla a una hoja de ruta, insistir con ella una y otra vez.

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Por las redes le están diciendo, algunos intelectuales desde dentro o desde fuera del país, a Capriles, cursi e hipócrita. A lo mejor es que desean a un tipo que hable con refinamiento académico, usando un lenguaje recio y de altura, pues. Los intelectuales venezolanos, los académicos y escritores y filósofos, han amado a Teodoro Petkoff. Teodoro es, ciertamente, una de las personas más brillantes que yo haya conocido, la más inteligente con quien haya trabajado. Y sin embargo, durante demasiado tiempo podía decir, y lo dijo, «Pancho es un gran tipo». ¿Y quién era Pancho? ¡Arias Cárdenas, carajo!

Los que se meten en política no están eximios de lanzar burradas al aire y equivocarse. Pero el norte lo tiene que tener claro, sobre todo, el pueblo, o los segmentos de pueblo o de país que cada dirigente representa.

La nación no puede ser una manga de veletas criticonas. La gente debería desesperar menos.

Que se desespere por la falta de luz y de democracia, o porque no hay unidad estratégica en la oposición, no que desespere hoy de este y mañana de aquel otro. Los primeros que deben imponerse unidad son los gatillos alegres de la clase media en las RRSS. En Venezuela es más fácil que en España. En el Congreso de los Diputados español hay un montón de escogidos (o sea, están allí por haber sido votados) que lo que desean es abrirle un boquete a España, partir el país en tres pedazos (al menos). Trabajan en eso, todo el tiempo. Con los votos de la gente.

En Venezuela eso es impensable, ¿cierto? A un líder maracucho no se le ocurriría proponer la independencia del Zulia como objetivo tras el cese de la usurpación. Y si lo hiciese es probable que no consiguiera sino los votos de su familia.

Hay unos fundamentos en el liderazgo venezolano, por mucho que unos quieran ir (o no) a las elecciones del 6D y otros sueñen con un improbable apoyo militar internacional para entrar a fuego y sangre en Miraflores. Todos quieren salir de la pesadilla madurista, todos están de acuerdo en que la unidad de la oposición es el camino y en que el único régimen posible es la democracia de libre mercado con garantías de alternabilidad, ¿no?

Como le dijo el recién excarcelado Roberto Marrero a César Miguel Rondón, «este país se liberó con grandes divisiones internas entre Simón Bolívar y los otros próceres. La danza de la lluvia funciona porque los indios danzan hasta que llueva».

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