Es muy tarde para un “Walesa Radonski”, por Alejandro Armas

Es muy tarde para un “Walesa Radonski”, por Alejandro Armas

4 septiembre, 2020 Desactivado Por Editor
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@AAAD25

Tengo una amiga en Caracas que solía ser una contertulia frecuente en temas políticos. En nuestros días de estudiantes, solíamos reunirnos en la feria de la UCAB para leer noticias y artículos de opinión, vinculados con dichos asuntos, en las páginas de El Nacional, para luego intercambiar impresiones.

La última vez que hablé con ella, hace unos días, me sorprendió con esta sentencia: “Cero política es mi política”. No quiere discutirlo. Aunque al principio quedé estupefacto, y a pesar de mi desencanto hacia quienes dicen no interesarse en política en lo más mínimo, pronto me di cuenta de que no podía culparla.

No cuando la causa democrática venezolana acumula meses de estancamiento. No cuando estamos volviendo en muchos aspectos a 2018, el peor año para la oposición venezolana, cuando tres bloques se hacían la guerra entre ellos, compitiendo por el favor de los ciudadanos, mientras el chavismo seguía aferrado al poder.

Hoy está pasando algo muy parecido. Se acabó el consenso que giraba en torno a Juan Guaidó y la disidencia ha quedado trisecada debido a diferencias estratégicas irreconciliables. Ninguno de los tres sectores resultantes corresponde a la oposición prêt-à-porter (Henri Falcón y compañía), la cual, por razones que ya he expuesto, no considero oposición real.

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Un bloque está, al menos nominalmente, encabezado por Guaidó. Un segundo bloque gira en torno a la figura de María Corina Machado. Por último, hay un sector emergente cuyo rostro más visible es Henrique Capriles Radonski. Tanto Machado como Capriles, partiendo de críticas razonables a Guaidó como la falta de resultados, han hecho propuestas alternativas, que sin embargo no lucen más viables.

La líder de Vente Venezuela se inclina por una intervención directa en territorio venezolano de fuerzas internacionales, que ningún gobierno se muestra dispuesto a llevar a cabo. El exgobernador de Miranda, en cambio, le está apostando a la lucha electoral y se ha comprometido a buscar condiciones comiciales decentes de cara al proceso convocado por el chavismo para diciembre, en el cual Capriles instó a participar como primera prueba. Es en este planteamiento que me voy a detener para explicar por qué a mi juicio no es factible.

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Capriles, en una exposición de los motivos de su decisión, señaló que hay abundantes ejemplos de transiciones democráticas desencadenadas por eventos electorales. Específicamente se refirió a la Polonia comunista como un modelo que los venezolanos deberían seguir. Pero tal invocación de Clío más bien nos trajo a un farsante haciéndose pasar por la musa de la historia.

Es decir, tal como lo presentó Capriles, el caso polaco no se puede comparar con lo que él tiene en mente para las próximas semanas. Asumiendo que ello se debe a ignorancia, y no a un intento deliberado de manipular el pasado, es decepcionante que quien aspira a sacar a un país del autoritarismo no esté familiarizado con los detalles de un ejemplo tan emblemático. Más aun teniendo en cuenta que hablamos de un hombre con raíces familiares polacas.

Hay varios factores de contexto histórico que hacen inverosímil que Venezuela pueda replicar a Polonia, al menos en los términos de Capriles.

Para empezar, a finales de los años ochenta, la Unión Soviética, garante del orden autoritario en Europa Oriental mediante su hegemonía militar, estaba bajo la conducción de un líder reformista, mucho más tolerante hacia la crítica y abierto a la soberanía de los satélites moscovitas que sus predecesores. Es decir, Mijaíl Gorbachov no estaba dispuesto a mandar tanques a socorrer a sus camaradas polacos, alemanes, búlgaros, etc., en caso de un alzamiento de las masas oprimidas, como sí ocurrió en Budapest en 1956 y en Praga en 1968. Ah, y de paso la URSS se estaba cayendo a pedazos. En Venezuela, la garante del statu quo es la propia elite política y militar chavista, hoy perjudicada por sanciones internacionales, pero no desplomándose, y ciertamente bien lejos del reformismo de Gorbachov. Como indiqué en una edición previa de esta columna, en Venezuela no hay glasnost.

Ahora bien, el debilitamiento del aparato represor comunista en Europa del Este nos lleva un elemento diferenciador incluso más determinante: la movilización masiva. En abril de 1988 estalló una serie de huelgas y manifestaciones masivas en las calles de Polonia, de la mano del movimiento opositor clandestino Solidaridad y su líder, el legendario Lech Walesa. Las protestas se extendieron a lo largo del verano y llegaron a aterrar a la dictadura comunista.

Como resultado, el gobierno se vio obligado a reconocer a Solidaridad como actor político legítimo y a entablar negociaciones de reforma política. En abril de 1989, régimen y oposición suscribieron los llamados Acuerdos de la Mesa Redonda. Dos meses más tarde, como parte del pacto, Polonia celebró elecciones parlamentarias no completamente democráticas, pero que fueron una victoria aplastante de Solidaridad.

A diferencia de Venezuela en 2015, los comunistas reconocieron de facto el triunfo opositor, lo cual significó que Solidaridad pudo ejercer el poder obtenido mediante el voto.

De la legislatura emergió un gobierno con uno de los dirigentes de Solidaridad, Tadeusz Mazowiecki, como primer ministro. Arrancó así una transición pacífica a la democracia, en la que, uno por uno, desaparecieron los engranajes del aparato autoritario. Si bien el último líder comunista, el general Wojcech Jaruzelski, quedó como Presidente de Polonia, su poder se esfumó, y tras las elecciones presidenciales de 1990, Lech Walesa lo sucedió.

Vean la cronología y podrán apreciar que hubo un año entre el estallido de protestas y la firma de acuerdos que desembocaron en la transición. Realmente, las manifestaciones duraron hasta septiembre de 1988. Pero aun así hablamos de cinco meses de calle, más otros cinco meses de preparación para el diálogo, dos de negociaciones y otros dos de preparación para las elecciones. Capriles pretende compactar todo eso en apenas tres meses. Plantea el desafío, extremadamente cuesta arriba, de transformar a una ciudadanía frustrada y aterrada en una fuerza movilizada tan imponente que sacuda al régimen chavista y lo obligue revertir buena parte de los vicios del sistema electoral que controla. Toda esa odisea, repito, en solo tres meses. ¡Y se dio el lujo de decir en su exposición de motivos que “ya habrá tiempo para detalles”!

El tiempo, el tiempo. He ahí el gran problema de Capriles. Tiene a Cronos en contra.

Si aspira a repetir la hazaña de Walesa con estos comicios, si así se les puede llamar, debió haber comenzado su “lucha por condiciones electorales” hace mucho.

Las calles ya tendrían que estar repletas. ¿Es creíble que en 90 días lo logre? Consideremos que de paso estamos en medio de una epidemia de covid-19, lo cual limita severamente la posibilidad de convocar el tipo de manifestaciones masivas que aterraron a los sátrapas de Varsovia. Capriles sabe todo esto. Por eso la agencia Bloomberg reportó que sus conversaciones con el chavismo se estancaron en torno a su petición de posponer el voto, a lo que el régimen se opone.

Sé muy bien que la movilización interna es importante para alcanzar el cambio político. Pero no creo conveniente casar esa movilización con un proceso electoral que está a la vuelta de la esquina, con el chavismo todavía manejando los hilos del sistema y sin disposición visible de ceder el poder. Más bien la sociedad debería insistir en la exigencia de una transformación política real, que incluya elecciones justas. No tienen que ser perfectas. Eso sí que lo demostró Polonia. Pero sí deben tener condiciones mucho mejores que las que hay en Venezuela hoy.

Todo esto, a propósito, calza con el objetivo estratégico de Guaidó y su equipo. Así que convendría ver a los dirigentes opositores estudiando con urgencia cómo corregir las falencias que Machado y Capriles reprochan con acierto, en vez de perseguir quimeras políticas, cual Belerofonte de opereta cabalgando un imaginario Pegaso que en realidad ni a Rocinante llega.

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Es muy frustrante ver lo que sucede en la oposición venezolana. Pero decidí hacer como los estoicos y no amargarme por estas crueles maquinaciones del logos, ajenas a mi control. Tampoco me siento bien imitando a mi querida amiga y enajenándome de toda la política venezolana. Lo que toca en insistir en lo que uno cree correcto. Tal vez no sea interesante, pero es lo único que da paz a mi conciencia. Los invito a hacer otro tanto.

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