#CuentosdeCuarentena | Relatos de cuando el mundo se paró VII

#CuentosdeCuarentena | Relatos de cuando el mundo se paró VII

2 septiembre, 2020 Desactivado Por Editor
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Alguien que no sabe limpiar una casa, la memoria también puede salvar vidas, un vecino preso, una mala nota en cuarentena y una visita al oftalmólogo, son algunos de los #CuentosdeCuarentena que leerás en Runrunes, El Pitazo, Tal Cual y las rrss de El Bus TV. Todos ilustrados por Crack Estudio y Meollo Criollo.

Este es el séptimo lote de relatos verídicos sobre el momento en el que el mundo se detuvo.

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No sé cómo limpiar una casa

Tengo una idea general de cuál es el principio y el final de un día de limpieza, pero muy poco comprendo del proceso. Sé, por ejemplo, que lo primero es barrer y luego coletear, pero, ¿y aspirar? ¿Se hace aunque ya se barrió el piso? ¿Se complementa aspirando en las esquinas? Mi mamá dice que desde pequeños nos ponía a mí y a mis hermanos a limpiar, pero algo debe haber pasado en mí porque no tengo huella de esa experiencia. 

Lo que es seguro es que la limpieza se hacía los domingos. Sé que es mi día 155 de cuarentena pero no sé exactamente qué día es, así que dejaremos que la escoba sea el calendario. Si hoy se limpia, es porque hoy es domingo.

Me doy cuenta cuando hay más de cuatro manchas en el piso de la cocina o cuando el sapito negro de cerámica que compré en aquella tienda china ya no es negro sino gris. Me gusta ese sapito. Me gustan los sapos en general. Los sapos, no las ranas. Los sapos tienen una majestuosidad particular, una especie de calma imperturbable, algo que va en otro ritmo. Las ranas son más cotidianas, mucho más inquietas, indisciplinadas, como yo. Mientras limpio el sapito con un trapo pienso que quizá eso deba responder cuando me pregunten a qué animal me parezco. Diré: “Parezco una rana, pero quisiera ser un sapo”. 

En busca de esa imperturbabilidad anfibia estaba yo en la tienda china donde conseguí el sapito. Ahí compré dos velas aromáticas: una de lavanda y otra de geranio. Aproveché para comprar un marco de fotografía donde puse la foto de Alejandro, mi padrastro, un tipo genial que me vio crecer. Falleció inesperadamente hace un año en Caracas. Ese marco también está cubierto de polvo y Alejandro también era imperturbable. 

Lo único que quizá lo hubiese perturbado es que me cueste tanto barrer este piso. “No es cualquier cosa” -le diría-”hay decisiones que tomar”. El polvo que vas recogiendo ¿lo dejas en un solo montículo o en varios? ¿Llevas el polvo contigo barrido a barrido hasta estar cerca del bote de basura? ¿O acumulas un poco y vas arrojándolo al recogedor? Con cada barrido llega una revelación y ahí me doy cuenta de que soy de las lleva el mi polvo consigo. A veces hay que barrer para entender.

Ahora el coleto. Aquí en México le dicen “trapeador”. Si barrer es reflexivo, esta parte es completamente teatral. Así que me permito un pequeño performance, algo que probablemente sea un error en la lógica ortodoxa de limpieza de casas: agarro la botella de detergente y como si bendijera a mis fieles, vierto un chorro enorme del líquido fluorescente en el suelo y empiezo a coletear, perdón, a trapear. Esta tarea es mucho más sencilla que cuando coleteaba en mi casa en Caracas, con aquellos pisos de terracota viejísimos, que absorbían el polvo como si se alimentaran de él. Eran pisos tercos: el piso de mi casa en México es más dócil, más permeable. Debería ser más como este piso y más como un sapo. 

Parece que falta poco para terminar, pero qué se yo. Hoy estoy un poco más triste que la última vez, así que la escoba, el coleto y yo hicimos un trato: pretenderemos que levanté todas las macetas y limpié las esquinas a fondo. Será nuestro secreto. El sapito resplandece, el único testigo de mi método sin método, de mi soliloquio; el único imperturbable en esta cuarentena.

Claudia Lizardo Araujo.  

Apuntes

Abro la ventana para dejar salir a un pajarito que quedó atrapado en la cocina. Él no necesita estar pendiente de si hay una alcabala para poder entrar o salir. Si la ventana–alcabala se cierra, yo soy su salvoconducto. Es el único ser vivo que entra y sale de mi casa sin mascarilla, sin lavarse las manos y no tiene restricciones de movilidad. ¿Cuatro meses de confinamiento son demasiados o pocos? Esto me lo pregunto yo, él no se pregunta nada. Su misión es volar y comer de los árboles que le sirven de puente hasta mi casa. 

El sol pega a la pared de la cocina, entra un poco de brisa y de repente siento un fuerte olor a mar, a salitre. La memoria también puede ser salvavidas: calor y brisa, mar y salitre. Por unos segundos estoy en la playa, por unos segundos no hay confinamiento, no hay Covid-19, no hay ansiedad, no hay problemas.

Cinzia Procopio.

Mi vecino está preso

Mi vecino del 5to es un septuagenario solitario que usa el tapabocas como bufanda. Es tan distraído que perdió a su familia sin percatarse. No pudo viajar cuando quiso y casi enloquece. Es por la diáspora, resignado, se dijo. Simpática palabra que identifica al éxodo que empujado por el hambre. La gente huye del monstruo, de un mal sueño, pero la pesadilla no acaba. Así que, los que se van, sufren tanta roncha que pareciera lechina y, a los que se quedan, la piel no les da para una piquiña más. 

El día de fin de año se supo que un virus muy agresivo surgía desde la China. Entonces se armó el despelote. Sin autoridad de respaldo, la OMS perdió el control que no tenía y cada uno resolvió a su manera. La diversidad humana nunca ha sido tan homogénea.  

Dijeron que era “pandemia” y escucharon que era el “pan de Mía”. Ordenaron cuarentena y la gente se fue a la playa. Indicaron restricciones y tomaron vacaciones. Además, prohibieron Ibuprofeno y ahora dicen que es el único freno. Qué loca está la gente: escuchan lo que no es o lo entienden al revés.  

Con la cuarentena mi vecino septuagenario pareció extraviar su saldo de cordura. Decía que los días perdieron su nombre y que el domingo se había hecho igual que otro día cualquiera. Ahora dice que el futuro no existe, porque se ha hecho presente, sin aviso, y de repente. 

Lo último: me enteré de que mi vecino está preso. En busca de remedio para la soledad, le paró una alcabala. Por no llevar guantes y salvoconducto, el oficial que le tocó le puso a escoger: divisas o vas preso. La decisión fue fácil: dinero no tenía nada y, con lo otro, ya estaba habituado al encierro. Al menos, en condición de prisionero, seguro tendrá una compañía que le preste atención.                                          

Luis A Bonilla Parra.

   

Qué mala nota esta cuarentena

Durante este encierro eterno me he dedicado a limpiar, arreglar clósets, vaciar la nevera, volverla a llenar: me levanto cada día un poco sin norte, sin planes, sin diligencias, aunque muy pendiente de todas las noticias de esta pandemia ilógica. Pero siempre pasa algo que te mueve el mundo o lo hace girar, literalmente

En la casa vivimos mis dos hijos, mi mama de 83 años de edad y yo. A mi mamá la estoy cuidando con esmero en estos tiempos de contagio.

Un día le digo: “Mamá, cómete esta tortica que encontré”. De forma inesperada, todo empieza a darme vueltas, me agarro de la esquina de la mesa, ¡mierda! Pienso: “Tengo vértigo, seguro que es laberintitis, como el que le da a mi prima. Con dificultad camino a la sala donde mi mamá está sentada. Antes de que pueda contarle sobre mi mareo, me dice que se siente un poco rara, pero bien: solo mareada, pero bien. Me asusto. Creo que ambas tenemos Covid-19.

Las vueltas a todo se intensifican cada vez más, me siento peor. Mi cuñada, viéndome tan incómoda y nerviosa, nos da Viajesan. “Estas pastillas son buenísimas para el vértigo. Métanse dos de un solo golpe”, nos dice. Empezamos a pensar en las causas: ¿Intoxicación? Pero si no hemos comido nada fuera de lo común. No tenemos fiebre, ni tos, solo mareo, siento que vuelo, me voy y regreso. Mi mamá tampoco se siente normal.

Estoy cada vez más nerviosa y decido que mejor nos vamos a la clínica. Busco un suéter y nos llevan. Mi cuñada y mi hijo mayor van preocupados. Yo me quejo y me quejo. Me siento horrible. “¡Emergencia!”.

-¿Qué sienten?, pregunta el médico.

-Es todo muy raro, las cosas se mueven y no enfoco. Por ejemplo, del suéter negro de mi hijo salen puntos negros flotando, respondo.

Mi mamá me contradice:

-No son puntos, son cubos negros en tercera dimensión, se ríe.

Yo, cada vez más nerviosa. La sala perdía dimensiones, todo se veía irreal. Mi mamá más tranquila, incluso relajada. Teníamos algo por la vena, definitivamente nos estaban tratando, pero mis síntomas persistían, tenía alucinaciones.

Mi hijo mayor sale a la calle donde está el menor, a quien no han dejado entrar por las medidas de prevención del Covid-19. Afuera espera ansioso por noticias. El mayor le cuenta las loqueteras que digo, está preocupado, con impotencia porque no hay diagnóstico.

Mi hijo menor hace un silencio sepulcral. Finalmente, hasta con alivio, responde: “Entra y pregúntale a mamá y a la abuela si se comieron unos ‘brownies’ que yo tenía escondidos en el fondo del freezer”.

Después de 4 horas y 1.000 dólares en clínica volvimos a la casa, de nuevo encuarentenadas.

Anónimo.

Visión 2020

Abrí los ojos y por un momento me sentí desubicado: no lograba saber qué hora era y qué día era hoy. Aún medio dormido me acerqué a la ventana y por el tono grisáceo del cielo, el silencio y la soledad de la calle me dije: “Es muy temprano”. Todavía sin lentes busqué mi celular para ver la hora: las 4:55. Fui al baño y me pregunté por qué había dormido con los pantalones puestos. 

Salí de la habitación rumbo a la cocina y me conseguí a Chichi, mi perro, dormido en el sofá con mi libro Memoria de un feligrés. No quise molestarlo, al final los dos vivimos compartiendo el sofá.

Monté el agua para el café y abrí la puerta que daba a la calle. Quedé paralizado: un hombre armado con el rostro cubierto venía apresurado hacia mí gritando algo que no lograba entender. No sabía qué hacer. Como pude entré y cerré la puerta. Aún escuchaba su voz cuando tocaron. Asustado vi por el ojito: ¡Dios! Era el señor Alsemo, el que corta la grama. Lo había confundido con el hombre armado: Alsemo vestía con un tapaboca negro y portaba un machete. Lo que intentaba decirme era que mañana venía a cortar la grama de la casa.

Lo invité a tomar café y le conté el susto que me hizo pasar. Cuando se marchaba le pregunte: “Alsemo, ¿no le parece a usted que es muy temprano para andar por ahí?. A esta hora la mayoría de los vecinos está durmiendo”. Me miró y sonriendo me contestó: “¿Temprano? Son las 6:15 de la tarde. ¿Ya fue usted a misa?”.

Terminé mi café y me senté en el sofá. Ahora que estaba despierto entendí que era domingo; que la hora del reloj no eran las 4:55 sino las 5:45, que no era de mañana sino de tarde. Que Chichi no sabe leer y no es fanático de los Tiburones de La Guaira y que Alsemo no era un terrorista. Necesito visitar al oftalmólogo: no todo es culpa de la cuarentena.

José Modica.

Cuentos de cuarentena | Relatos de cuando el mundo se paró VI